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EDYTORIALES | La discreción es el arte supremo de la política…

Fecha de Publicación: Julio , 17 ,2026 | Tags: EDYTORIALES,,

Por Edy Pintor

La discreción es el arte supremo de la política…

 

Corrían los años finales del sexenio de Gustavo Díaz Ordaz. El país vivía el tenso preludio del destape, ese ritual priísta en el que los sectores del partido oficializaban al ungido.

En las sombras del Palacio Nacional, Luis Echeverría Álvarez fue convocado a la oficina presidencial. Tras una larga y confidencial conversación, el mandatario le reveló lo que pocos se atrevían siquiera a imaginar: él sería el candidato del PRI a la Presidencia de la República.

Con la solemnidad que imponen los momentos históricos, Díaz Ordaz le impuso una condición terminante: “Hágame un favor: lo que acabo de revelarle no se lo diga ni a sus hijos, ni a sus padres, ni a su esposa, esta noche que se estén fumando un cigarro en la alcoba después de hacer lo propio”. Echeverría, con la rigidez del soldado disciplinado, respondió: “Señor presidente, soy un soldado y nunca lo haría”.

Al despedirse, con el apretón de manos que evocaba los viejos códigos del poder, el presidente insistió: “Un último favor: salga usted por la puerta de atrás, porque enfrente, en la antesala, hay mucha gente esperando verme”.

Echeverría, sorprendido, replicó que si había jurado silencio incluso ante su propia esposa, cómo podría delatarse ante desconocidos. Entonces el viejo sabio de Azcapotzalco sentenció con maestría: “Ya lo sé que usted no se lo dirá a nadie… pero se le puede notar”.

Esta anécdota, contada con maestría por Luis Lloreda Suárez, encierra una lección eterna sobre la naturaleza del poder. En la política —ese arte y ciencia de lo improbable— quien verdaderamente porta el destino no lo pregona.

El que la trae, no la suelta. El que la carga, se calla y pechuga. Porque el secreto fundamental radica en que nadie debe verte llegar. La verdadera candidatura, la que está escrita en los designios serios del poder, se revela como una sorpresa calculada, no como un pregón de feria.

Hago esta introducción para aquietar las voces estridentes que, en estos tiempos de Tamaulipas, se autoproclaman candidatos a gobernador con la ligereza de quien reparte promesas en mitin improvisado. Recorren tribunas, llenan redes sociales y convocan a las cámaras como si el cargo ya fuera suyo por derecho propio. Olvidan, o quizá nunca entendieron, que la política de altura no se construye con alharacas ni con anticipaciones vanas. Se forja en el silencio estratégico, en la discreción que solo poseen quienes saben que el verdadero poder no necesita anunciarse: se impone por su peso histórico y por su inevitabilidad.

Los que hoy gritan su nombre a los cuatro vientos demuestran, precisamente, que aún no lo llevan.

Porque el que la tiene de verdad camina con paso firme pero invisible, tejiendo alianzas, midiendo fuerzas y guardando el secreto hasta el momento preciso.

La sorpresa es la mayor arma del estadista.

La anticipación ruidosa, en cambio, solo revela ambición desmedida y escasa densidad política.

En un estado como Tamaulipas, marcado por desafíos profundos que exigen liderazgo sereno y visionario, urge recordar esta sabiduría ancestral. No son los más vociferantes quienes merecen la responsabilidad de gobernar, sino aquellos que comprenden que el poder verdadero se ejerce con elegancia, con contención y con la certeza de que las grandes decisiones se maduran lejos de los reflectores.

Quien aspire seriamente a servir a Tamaulipas desde la gubernatura debe aprender primero esta lección elemental: el que la trae, no la suelta.

Y sobre todo, nadie debe verlo llegar.

Mi nombre es Pintor. Edy Pintor, y esto es,,, EDYTORIALES.

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