Reynosa
Por José Ángel Solorio Martínez
Mi amigo Javier Manilla García
Las tardes de verano en San Fernando, Tamaulipas, México, se asemejan al hirviente y agresivo vaho de satanás. Es muy probable que, por eso, sus hombres y mujeres, se encierren a piedra y lodo en sus casas. La tranquilidad familiar, es la mejor terapia para soportar la gigantesca presión representada por la violencia desatada, que este lugar vive, desde hace décadas.
Javier Manilla García, -periodista- vivió, grande parte de su vida en ese núcleo de muerte y desolación. Y no sólo lo sintió en carne viva: lo relató. Corresponsal del diario El Bravo de Matamoros, consignó a la letra, el bestial escenario de esa mancha oscura que enlutó a México y muchos países de Latinoamérica.
En la división y guerra entre carteles, -de Matamoros y Nuevo Laredo- Manilla García, quizá por su largo ejercicio como corresponsal del diario matamorense, fue catalogado como enemigo de los grupos antisociales nuevolaredenses.
Tomó una incómoda pero cuerda decisión: mandó a su familia a Estados Unidos y optó por quedarse en el pueblo a enfrentar toda consecuencia y continuar laborando en el periódico fronterizo.
Días terribles pasó Javier.
Más bien: noches de vigilia y angustia.
Al concluir su tarea de reportero, llegaba a casa a enfrentar la soledad de un hogar maltrecho, silencioso e inseguro. Llevaba una botella de tequila en la mano y un paquete de cigarrillos.
Se sentaba en el comedor, servía un vaso de licor, prendía un pitillo, viendo hacia la puerta; esperaba ver entrar -con la mirada que sólo un desahuciado puede tener- a la muerte cada atardecer.
Era alumbrado por las danzantes y trémulas luces de veladoras.
Semanas duró esa incertidumbre, que se convirtió en tortura.
Finalmente, el tiempo puso las cosas en su lugar.
El enfrentamiento se atemperó y la frágil paz se apersonó en la región.
Sobrevivió a ese mortal paisaje, con su familia dividida y el alma fragmentada.
Admiré su templanza, cuando me lo contó en el restaurante Dávila, una institución gastronómica de la localidad.
No era esa, la única virtud de Javier.
Mostró una inteligencia sobresaliente, en su labor periodística y en sus afanes por organizarse gremialmente. Hombre de principios y convicciones, permaneció firme en momentos aciagos y turbulentos para los trabajadores de la información en Tamaulipas.
Hace unas semanas, dejó este plano terrenal.
No pude despedirlo por gajes del oficio, que él entendería.
Abrazo a su familia, a su hermano Aristeo -fraternal amigo- y a sus innumerables lectores.
San Fernando, ha perdido uno de sus más formidables hijos.