Reynosa
Por Pegaso
Disciplina
El infierno de los profes
1.-¡A ver, profesor. ¿Por qué le está exigiendo a mi hijo que no traiga el cabello al estilo de Peso Pluma? ¡Con el pelo no se estudia y mi hijo puede venir a la escuela como le dé su regalada gana! Ahí tiene el ejemplo de Albert Einstein, que siempre andaba greñudo y ¿qué pasó? ¡Descubrió la Relatividad!
2.- Profesor: Señora, ya le he explicado que su hija no puede venir a la escuela con minifalda, maquillada en exceso y con los cabellos pintados de todos colores. Es la disciplina de la escuela. Existe un reglamento que todos debemos acatar.
Madre de familia: Ni usted ni nadie tiene que decirme cómo educar a mis hijos. Ella puede venir como se sienta más cómoda. Además, yo le sé a usted y al director algunas cositas que puedo subir a las redes sociales para darles una buena funada.
3.- Padre de familia: ¡Oigame, maestro! ¿Quién se ha creido usted para decirle a mi hijo que no se ponga piercings y aretes! Ya estamos en otros tiempos y tiene que adaptarse. Ahora los jóvenes son más libres y no tienen prejuicios.
Profesor: Sí, claro. Eso lo pueden hacer en sus casas, pero en el interior de la escuela se tiene que acatar el reglamento. De lo contrario, le recomiendo que lo inscriba en otra institución donde sí les permitan ese tipo de ornamentos.
4.- Madre de familia: Mi hija me dijo que usted se le queda viendo a las piernas. ¡Mire nomás, la cara de libidinoso que tiene! Lo voy a acusar al Ministerio Público.
Hoy, más que nunca, la reputación y el prestigio de los maestros está en riesgo. Basta que una alumna o alumno sean reprobados para que se genere en su interior una animadversión en contra del desdichado profesor. El odio se va incubando y la mente aún inmadura del adolescente busca la oportunidad de vengarse.
No hay que generalizar. La mayoría de los jóvenes tuvieron una excelente educación paterna y materna desde muy pequeños y saben acatar las reglas escolares, pero hay otros que ya traen la mente retorcida.
Llegado el momento, una pequeña mirada, un leve toque o una palabra mal colocada, son aprovechados para consumar su desquite. Van con los papás y le cuentan su versión tergiversada. Los padres acuden al plantel terriblemente enojados a defender a su bendición. Le lanzan todo tipo de improperios al docente y éste, aunque trata de explicar lo sucedido, sus palabras encienden aún más el coraje del tutor.
Para ese momento, ya se ha hecho viral el asunto: “Maestro acosa a alumna”. Gracias a la instantaneidad de las redes sociales y a la facilidad de acceder a ese tipo de información con solo prender el celular y “escrolear”, el trabajo de toda una vida se viene al traste, la virtud, el honor y el buen nombre del docente quedan en entredicho, y muy posiblemente hasta terminará en la cárcel, porque las leyes han sido modificadas para dar mayor peso a las palabras del menor que a las de un adulto.
Al incrementarse el número de casos, las escuelas no tendrán más remedio que contratar a sacerdotes que han jurado celibato, a personas ciegas, a hombres que parezcan modelos de televisión o a mujeres de la tercera edad.
Así, no habrá forma de que los estudiantes los puedan acusar de acoso.
Aunque quiero decir: Si el maestro con cara de galán de telenovela acosara a una de sus alumnas, ésta en lugar de pegar el grito en el cielo será la envidia de todas sus amiguitas. ¡Ahhh! La hormona.
Viene el refrán estilo Pegaso: “En dicho lugar es donde la porcina rizó el apéndice caudal”. (Ahí es donde la puerca torció el rabo).